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 Léone Larissa

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Léone

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Mensajes : 5
Fecha de inscripción : 29/06/2008

MensajeTema: Léone Larissa   Dom Jun 29, 2008 3:56 pm

NOMBRE: Léone Larissa.

EDAD APARENTE: 14

EDAD REAL: 37.

IDIOMA: Castellano. Sabe griego, francés, inglés e italiano.

CIUDAD: Chicago.

IDEOLOGÍA: Camarilla.

NATURALEZA: Resulta ser infantil y despreocupada. De carácter fuerte y con sentido común ante las situaciones difíciles. Valiente y con gran empatía por todo aquel al que quiere. Asimismo, se encariña con mucha facilidad, y se ha dado que se ha relacionado con humanos sin problema aparente.
Filosófica y madura, no ve lo que lo ha pasado como una condena, pero tampoco como un regalo. No le gusta tener que matar, por lo que suele intentar que sus víctimas sólo desfallezcan, sin llegar a matarlas.
Es orgullosa y algo borde con los que primero lo son con ella. No soporta que, debido a su aspecto físico, la llamen cría o apelativos que se le parezcan.
No suele dar a conocer su cara madura, ocultándose siempre tras ese antifaz infantil, de sonrisa perpetua.
Es una enamorada de la música y adora escribir.

CONDUCTA: Como he dicho antes, se muestra como una persona infantil y dulce, a todo el mundo. Cuando alguien la enfada, o si tiene mucha confianza con una persona, suele dar a conocer su picardía.

CLAN: Ventrue.

GENERACION: 11º

REFUGIO:

CONCEPTO: Música y escritora.

APARIENCIA: De cabellos castaños que caen hasta la mitad de su espalda en una caos de tirabuzones y rizos. Sus ojos son marrones, uno más oscuro que el otro, según parece, pero este hecho no está muy certificado, pues el ojo izquierdo suele resultar tapado por un flequillo perfectamente ladeado.
Sus facciones son infantiles, a medio camino entre la niñez y la adolescencia, y suele estar esbozando siempre una sonrisa infantil y encantadora.

PRELUDIO:

Suspiré una vez más, apoyada contra el marco de la ventana de mi habitación. Meses antes, habría estado tocando el piano con total tranquilidad, acompañada del violín de mi hermano Elliot, pero él se había marchado a Francia junto con el que por aquel entonces, treinta y siete años, era mi prometido, y llevaban desde Enero del año pasado completamente desaparecidos. Hice una mueca y me senté en el alfeizar. Alexander y Elliot estarían de fiesta por las calles de Lyon a aquellas horas, seguro. Andarían de fiesta en fiesta.
Y mientras yo, que era una niña ansiosa de aventuras y fiesta, estaba metida en aquellas cuatro paredes de aquella mansión griega.

Recuerdo el chasqueo de lengua y cómo me levanté de mi improvisado asiento, extrañamente intranquila y verdaderamente echa una furia. Caprichosa era la palabra perfecta para definirme.

Me paseé por la habitación en círculos y terminé por dejarme caer en cama, suspirando.

-Me aburro –canturreé-. Esos idiotas... ¡¡No llevarme con ellos!! No se lo perdonaré en lo que me quede de vida –dije para mí, dando un golpe en el colchón.

El silencio ocupó la estancia, pero de algún modo, me tensé de pronto. Sentía que alguien me observaba desde algún punto no muy lejano, y no había escuchado la puerta de la estancia abrirse. Me incorporé rápidamente y allí, apoyado en el marco de la ventana, con una ceja alzada, contemplé a un muchacho de cabellos rubios y ojos azules claros, en una pose despreocupada pero con el rostro sombrío, serio e inescrutable.

-¡Alexander! –exclamé con énfasis.

Sí. Aquel era mi prometido. Lo recuerdo como si ahora mismo le tuviese delante. Solía esbozar sonrisas pícaras y nos pasabamos el día discutiendo. Llegué a quererlo más que a mi propia vida.

Me levanté corriendo de la cama solamente para abrazar al muchacho con todas mis fuerzas de niña. El abrazo no fue correspondido. Hice un mohín de disgusto y observé a mi prometido con una ceja alzada, separándome.

-Sí, mi amor, yo también me alegro muchísimo de verte –objeté con sarcasmo, dejando los ojos en blanco-. Tanto cariño no, ¿eh? Me agobia.

El chico me siguió observando en el más sepulcral silencio, con los ojos clavados en los míos, extrañamente brillantes. No era precisamente alegría. Ni siquiera supe identificar aquel resplandor. Entrecerré los ojos y le solté por completo, alzando una ceja.

-¿Qué pasa?

-Tu familia. Se va a morir. ¿No te has dado cuenta del olor a humo?

-¿Qué?

Alexander solía gastar bromas. Siempre lo hacía. Le encantaba hacerme rabiar. No era de extrañar que yo pensase que aquello no era más que otra de sus tretas para que hinchase los mofletes como una pequeña de cinco años.

Fruncí el ceño y ladeé la cabeza. Mi olfato percibió, muy lejano, un breve halo de aquel olor. Di un respingo y miré a Alexander con el ceño fruncido.

-¿Otra de tus bromas? Esta no tiene gracia.

-Si fuese otra de mis bromas, Elliot aparecería detrás de ti y te gritaría: ¡Sorpresa! –hizo una mueca-. Desgracia. Tu hermano está más que muerto.

Las palabras aún ahora siguen dañando el corazón que no late en realidad. Muerto. Muerto. Muerto. No hay otra cosa que resuene más en mi cabeza. Elliot, mi hermano mayor, aquel que tanto quise, estaba –y esta, o al menos no tengo noticias de lo contrario- muerto. El dolor que sentí entonces, la punzada en el corazón, el mareo incluso, todo está perfectamente grabado a fuego en la memoria. Qué ironía. A fuego. Todo aquella noche fue culpa de eso.

Me quedé quieta, pálida. Contemplé en silencio los ojos azules del muchacho, sin descubrir en ellos ni un resquicio de mentira o falsedad. Nada de broma. Cogí aire en una brusca bocanada y tuve que apoyarme con dificultad en el marco de la ventana, ligeramente mareada. El olor a quemado de pronto parecía intensificarse, y el primer grito de terror, que sonó lejano para mis oídos, inundó los pasillos de la mansión.

-¿Elly...? ¿Muerto? ¿Cómo...?

-Un vampiro.

Tragué saliva y le miré de pronto, entre asustada e incrédula.

-Eso no existe.

¡Ja! Ilusa de mí... Qué poco creía en las historias de terror y en los cuentos de hadas por aquel entonces. Qué estúpida era.

-Tienes uno delante de ti.

Cogí aire, con el semblante contraído en una mueca de horror, cuando el muchacho al que quería esbozó una media sonrisa carente de sentimientos, permitiendo que yo misma viese como, asomando tras la comisura del labio, aparecía un colmillo de una longitud mayor a lo estimado. Y exageradamente afilado, por cierto.
Me llevé una mano a la boca, aterrorizada. ¿Vampiros? Aquello no podía ser posible. Carecía de toda lógica, de toda ciencia...
El chico avanzó un paso hacia mí, y yo retrocedí otro más. Observé como el muchacho alzaba una ceja, dándome a entender que no podía hacer nada contra él.

-¡Vete! ¡Márchate!

Alexander miró hacia la puerta, como si no se hubiese dado por enterado de mi exclamación ahogada y hasta un punto suplicante. Su nariz se arrugó ante el inminente olor, cada vez más fuerte, de las llamas.

-Ven conmigo, Léone. No pienso quedarme aquí para ver como mueres.

-¿Cómo sabes lo del incendio? ¿Cómo sabes que papá y mamá vayan a...?

-Ya han de estar muertos. Y el incendio aumenta. Olvídalos a todos, ¿quieres? No tengo mucho tiempo para salvarte la vida.

El joven tendía una mano hacia mí, que le miré con ojos repletos de terror.

-¡¡No!!

Salí corriendo de aquella habitación, como si así fuese a asegurarme de que aquello no era más que una pesadilla que había tenido al caer rendida en la cama, muerta del aburrimiento.

Muerte. Casi podía sentirla instalándose en mi cuerpo, por alguna extraña razón. Recuerdo perfectamente la sensación de desasosiego que me embargaba en aquel entonces, mientras recorría presurosa los pasillos de la mansión.

Al terminar el amplio pasillo de la casa, que daba a las escaleras principales, mi lógica aceptó que no era una pesadilla, pues sentí el calor de las llamas que mis ojos veían, crueles, devorando todo a su paso en el primer piso. Y entre ellas, la encontré a ella. A una mujer que era absorbida entre las llamas. Alguien que en un día había sido joven, y que ahora, sin embargo, yacía con el rostro demacrado, lleno de horribles quemaduras, así como las manos.

-¡¡Mamá!!

Quise echar a correr escaleras abajo, sin importarme realmente el meterme entre las llamas, pero unos brazos fuertes que me rodearon la cintura no me dieron esperanzas a moverme del sitio.

-Para quieta, cría –La voz de Alexander seguía siendo la misma de siempre, calmada y suave, aunque había un deje intranquilo en su voz, así como una respiración algo entrecortada-. Vámonos de aquí. Moriremos los dos, de lo contrario.

-¡¡Suéltame!! –grité, obstinada, por encima del horrible crepitar de las llamas-. ¡¡Déjame...!!

-Me obligas a esto, Léone –cortó él.

Y fue el principio del fin.

Sentí un pinchazo en la curva del cuello. Palidecí, recuerdo perfectamente sentir como la sangre escapaba de mi rostro. Entrecerré los ojos al sentir la sangre huyendo del cuerpo, el cual se debilitaba por segundos. Las piernas empezaban a flaquear, y si no hubiese sido porque Alexander me mantenía fuertemente agarrada, hubiese caído al ardiente suelo. La visión de las llamas. El cadáver de mi madre. El olor a sangre. La respiración agitada de Alexander. Todo, absolutamente todo, se mezcló en un revoltijo de sensaciones. Gemí, y no supe bien por qué lo hice. Era algo que oscilaba entre el placer y el dolor. Dejé caer los párpados, sintiéndome desfallecer con cada gota de sangre que perdía. Noté también, al borde de la inconsciencia más plena, cómo aquellos afilados colmillos se apartaban del cuello, y después unos labios que acariciaban suavemente los míos, manchándolos del sabor de mi propia sangre. Correspondí al beso con gusto, apasionadamente. Pude apreciar que dos sabores distintos se entremezclaban. Sin embargo, en el estado en que me encontraba, no pude apreciar que aquel gesto me condenaría de por vida, pues mezclada con el sabor de aquel líquido carmín que hacía minutos fluía por mi propio organismo, se encontraba la propia sangre del muchacho.
Y después simplemente me dejé caer, desfalleciendo en el acto.

La oscuridad se cernió sobre mí. A partir de aquella noche sería lo único que vería. Ni siquiera Alexander volvió a aparecer.

La luz del sol quedaría solo como el más vago recuerdo en mi mente.

Oscuridad y sangre a partir de entonces.

Nada más.


ATRIBUTOS

FÍSICOS

FUERZA = 1
DESTREZA = 1
RESISTENCIA = 1

SOCIALES

CARISMA = 3
MANIPULACIÓN = 2
APARIENCIA = 2

MENTALES

PERCEPCIÓN = 1
INTELIGENCIA = 2
ASTUCIA = 2

HABILIDADES

TALENTOS:
ALERTA
ATETISMO = 3
CALLEJEO
EMPATIA 5
ESQUIVAR
EXPRESION
INTIMIDACION
LIDERAZGO
PELEA = 1
SUBTERFUGIO

TÉCNICAS:
ARMAS C.C. = 4
ARMAS DE FUEGO
CONDUCIR
ETIQUETA
INTERPRETACION = 4
PERICIAS
SEGURIDAD
SIGILO = 3
SUPERVIVENCIA
TRATO CON ANIMALES = 2

CONOCIMIENTOS:
ACADEMICISMO
CIENCIA
FINANZAS
INFORMÁTICA = 1
INVESTIGACIÓN
LEYES
LINGÜÍSTICA = 4
MEDICINA
OCULTISMO
POLÍTICA

MÉRITOS/DEFECTOS:
Inofensivo para los animales
Sentido Común
Sólo un tipo de sangre. (Chicos jóvenes, que no superen la veintena de años ni sean menores a una quincena.
Si han cometido algún crimen, mejor).
Memoria Eidética

HUMANIDAD/SENDA = 7

FUERZA DE VOLUNTAD = 3
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MensajeTema: Re: Léone Larissa   Dom Jun 29, 2008 11:49 pm

La hoja de personaje es VALIDA

Bienvenid@ a Vampire


“Nuestra es la Senda de la Obra Magna; nuestro es el camino, el saber, la perseverancia. Camina en la noche y te susurrará al oído, pero piensa antes cuanto quieres conocer, pues ésta es una senda sin retorno que no conviene a los de corazón débil."
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